Bruselas (Euractiv.com/.es) – El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, no es partidario de la corrección política, por lo tanto, no es de extrañar que, como ha señalado un profesor de la Universidad de Míchigan, la política económica insignia del líder republicano también tenga un problema con los conceptos: los aranceles no se le imponen a sus rivales, sino al propio Estados Unidos.
Como explicó hace casi 250 años el primer secretario del Tesoro de Estados Unidos, Alexander Hamilton, los aranceles son impuestos que pagan las empresas nacionales por los productos importados. Por lo tanto, parecería lógico que las empresas estadounidenses —o al menos las que tienen su sede en Estados Unidos — fueran las más afectadas por la agenda del «hombre de los aranceles».
Pero, ¿es correcta esta deducción? Y si lo es, ¿por qué tantos periodistas (incluido quien escribe este texto) siguen describiendo a Trump como alguien que golpea o abofetea—o, en sus momentos menos (micro)agresivos, promulga, impone o simplemente aplica— gravámenes a las empresas extranjeras? Además, ¿Cómo se concilia esto con la reciente y dolorosa experiencia vivida por los exportadores de la Unión Europea (UE)?
La respuesta es que, aunque los aranceles los pagan directamente los importadores nacionales, pueden ser absorbidos indirectamente por las empresas extranjeras a través de precios de exportación prearancelarios más bajos. Si los importadores tienen suerte, el nuevo precio prearancelario más el propio arancel no superarán (mucho) el coste total inicial de la importación.
Además, los exportadores pueden verse afectados por la reducción de las exportaciones al país que impone (o aplica) los aranceles, así como por otros efectos «secundarios» inducidos por las fluctuaciones monetarias (que pueden afectar a la inflación o a la competitividad de las exportaciones) y la desviación del comercio de terceros países (normalmente China).
Sin embargo, curiosamente, nadie sabía realmente quién había soportado la carga financiera —ya fuera directa o indirectamente— de los aranceles de Trump durante el último año. Hasta esta semana.
En un estudio publicado el pasado lunes, el Instituto Kiel analizó los datos de envíos de 26 millones de transacciones por valor de casi 4 billones de dólares durante el periodo comprendido entre enero de 2024 y noviembre de 2025. Su conclusión: Los aranceles, como dice el título del artículo, son un «autogol».
«La afirmación de que los países extranjeros pagan esos aranceles es un mito», asegura Julian Hinz, uno de los coautores del estudio. «Los datos muestran lo contrario: los estadounidenses están pagando la factura», agrega.
Los consumidores e importadores estadounidenses han soportado nada menos que el 96 % de la carga de los aranceles, según señala el informe, mientras que los exportadores extranjeros han absorbido el 4 % restante.
Como también señalan Hinz y sus colegas, eso se traduce en que los 200 000 millones de dólares de ingresos por tasas aduaneras adicionales recaudadas el año pasado no son «dinero gratis» pagado por extranjeros sin escrúpulos, sino que «provienen de los bolsillos de los estadounidenses».
Para colmo de males, el coste de la interrupción de las cadenas de suministro y los cambios en el comportamiento de los consumidores inducidos por los aranceles tampoco han logrado compensar los posibles beneficios de los ingresos arancelarios.
«Estas «pérdidas de eficiencia» son un puro desperdicio económico», se señala en el mismo informe.
Los aranceles de Trump no solo no están creando un espacio seguro en el que las empresas estadounidenses puedan prosperar, sino que están siendo totalmente perjudiciales.
Un golpe al dólar y a la economía del país
Sin embargo, el hecho de que los aranceles de Trump constituyan un acto de autolesión no excusa la previsible y tímida reacción de la UE ante la última amenaza del presidente estadounidense esta semana.
De hecho, la negativa del bloque europeo a plantar cara al intento de corte imperialista del presidente estadounidense de arrebatar Groenlandia a Dinamarca probablemente solo empoderará más a Trump, el arquetipo de matón del patio de recreo, para que siga dando patadas en la cara a Europa durante el resto de su presidencia, y posiblemente más allá.
Tampoco quiere decir que los aranceles de Trump no hayan perjudicado en absoluto a los exportadores de la UE. Entre otras cosas, la evidente inestabilidad del «genio muy estable» ha llevado a los inversores a diversificar sus carteras de activos denominados en dólares, lo que ha provocado una caída del valor del billete verde y ha perjudicado la competitividad de los exportadores de la UE frente a los estadounidenses.
Este hecho resulta doblemente irónico. En primer lugar, se esperaba que los aranceles de Trump fortalecieran el dólar (y suavizaran el impacto de los aranceles sobre la UE) al limitar la demanda estadounidense de divisas extranjeras. En segundo lugar, la debilidad del dólar pone de relieve la creciente reticencia de los inversores a depositar su dinero en Estados Unidos, justo lo contrario del objetivo original de Trump.
Pero eso también plantea un enigma. Si los aranceles de Trump son autodestructivos, ¿por qué la economía estadounidense ha seguido superando a la de la UE durante el último año? Además, ¿por qué el Fondo Monetario Internacional elevó sus previsiones de crecimiento para Estados Unidos a principios de esta semana? ¿Están los economistas, tal vez, engañando al público en general? ¿Hemos «marginado» injustamente la Trumponomía?
Sin embargo, si se analizan en profundidad las cifras principales del Fondo Monetario Internacional (FMI), se puede ver que el motor económico estadounidense está al borde de un colapso total.
En ese sentido, Pierre-Olivier Gourinchas, economista jefe del FMI, afirmó esta semana que Estados Unidos aún no ha experimentado un aumento de la inflación inducida por los aranceles porque son los importadores estadounidenses, y no los consumidores, los que actualmente absorben la mayor parte de los costes. Pero eso podría cambiar el próximo año.
En segundo lugar, señaló que es probable que la política fiscal estadounidense sea más expansionista, ya que el impacto del «Big Beautiful Bill» de Trump, que dispara el déficit, comienza a superar los efectos contractivos de los ingresos por aranceles, lo cual podría exacerbar los temores sobre la sostenibilidad de la deuda pública estadounidense. (Una próxima sentencia del Tribunal Supremo sobre la legalidad de los aranceles podría agravar ese riesgo fiscal).
Por otro lado está el importante papel que desempeñan las inversiones tecnológicas en el crecimiento de Estados Unidos, impulsado por el entusiasmo de los inversores ante el potencial de la inteligencia artificial para aumentar los beneficios.
Incluso una «contracción moderada» de las valoraciones de las acciones de IA —que actualmente se encuentran cerca de máximos históricos y que incluso los oligarcas tecnológicos estadounidenses consideran que han alcanzado proporciones similares a las de una burbuja— provocaría una caída del crecimiento mundial del 0,4 %, señaló Gourinchas.
Sin embargo, si las ganancias de productividad son menores, podría producirse «una corrección más significativa», «concentrada en regiones con gran presencia tecnológica, como Estados Unidos y Asia», afirmó.
La debilidad del dólar —y la lenta pero aparentemente inexorable desdolarización del mundo— corre el riesgo de agravar el daño en Estados Unidos cuando la burbuja estalle inevitablemente.
En ese mismo sentido, Gita Gopinath, otra alta funcionaria del FMI, advirtió recientemente que la preocupación de los inversores por el dólar podría limitar la «huida hacia la seguridad del dólar» que se suele observar durante las crisis financieras, lo cual reduciría aún más el valor de las acciones estadounidenses.
En otras palabras, la falta de inversión en tecnología y la debilidad del dólar explican en parte por qué Europa, a pesar de tener un mercado único fragmentado, una demanda externa débil y unos precios energéticos elevados, sería relativamente inmune al estallido de la burbuja de la IA. Su fragilidad, en otras palabras, es en parte la fuente de su resistencia económica.
Estados Unidos y Europa deberían tomar nota. ¿Se trata de una advertencia?
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(Editado por Euractiv.com y Fernando Heller/Euractiv.es)
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