Washington/Bruselas (Euractiv.com/.es) – El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, lleva mucho tiempo expresando sus dudas sobre si los 31 aliados de Estados Unidos en la OTAN defenderían a su país, al tiempo que ha dejado clara su opinión acerca de que la Unión Europea (UE) es casi exclusivamente una carga para los bolsillos de Washington. Pero quienes trabajaron para la OTAN tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 tienen una versión muy diferente.
No cabe duda de que Estados Unidos es la potencia militar hegemónica. Su gasto en defensa es superior al de Europa y Canadá juntos. Sin embargo, en la historia de la Alianza Atlántica, solo los estadounidenses han activado el artículo 5, la cláusula de asistencia mutua.
Washington dio ese paso tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, y los aliados europeos no dudaron en cumplir sus compromisos.
No obstante, ese gesto de solidaridad europea no impidió que Trump escribiera esta semana en una publicación en las redes sociales que Estados Unidos «siempre estará ahí para la OTAN, aunque ellos no estén ahí para nosotros».
Cuando Al Qaeda, la organización terrorista liderada por Osama bin Laden, secuestró aviones con civiles para utilizarlos como escudos humanos contra Estados Unidos, Washington pidió ayuda a Europa y a Canadá.
En la sede de la OTAN en Bruselas hubo una gran «conmoción», recuerda el entonces portavoz de la Alianza Jamie Shea, junto con un «sentimiento de solidaridad (…) todos estamos en el mismo barco», era la frase más repetida, asegura.
Estados Unidos invocó el artículo 5 y los aliados respaldaron unánimemente a Washington.
«Un ataque contra uno es un ataque contra todos», dijo entonces Dick Cheney, vicepresidente de Estados Unidos.
La semántica no tiene cabida en la guerra.
Sin embargo, el apoyo que recibieron los estadounidenses tras el 11-S no se tuvo en cuenta cuando se redactó el Tratado. En aquel momento, la principal preocupación de los aliados era un ataque soviético contra Europa y que los estadounidenses tuvieran que acudir al rescate de Europa, y no al revés.
Al principio, ni siquiera estaba claro si el 11-S entraba dentro del ámbito de aplicación de la cláusula de defensa mutua.
Solo Países Bajos preguntó qué significaría en la práctica invocar la cláusula, explica Shea, «pero la mayoría de los aliados querían una decisión rápida y una muestra de unidad de la Alianza, en lugar de un debate complicado y técnico», agrega el exportavoz.
Los países de la OTAN «acordaron que, si quedaba claro que el ataque estaba dirigido desde el extranjero contra los Estados Unidos, se tenía que considerar una acción cubierta por el artículo 5», comunicó el entonces jefe de la OTAN al día siguiente de la catástrofe.
Poco después, tomaron esa decisión.
El «cheque en blanco» de Europa
La primera reacción al 11-S en la OTAN fue la preocupación por la falta de planificación ante un ataque contra la sede de la Alianza, situada al norte de Bruselas. Los aliados consideraron trasladar la sede a otro lugar y enviar a casa a los ciudadanos estadounidenses y al personal no esencial.
Shea recuerda que uno de los puntos de debate en la agenda de los embajadores era si «el objetivo debía ser simplemente expresar simpatía y solidaridad u ofrecer alguna forma concreta de ayuda», una cuestión fundamental para una alianza que no tenía experiencia en la lucha contra el terrorismo ni en la seguridad nacional.
Aunque los aliados ofrecieron todo lo que tenían a su disposición, Washington no aprovechó todas las ofertas de ayuda. «Todos los aliados ofrecieron tropas y equipos (…) pero Estados Unidos subrayó que podían hacerlo por ellos mismos en ciertos aspectos», recuerda el entonces jefe de la OTAN, Lord Robertson.
El apoyo fue diverso. Incluía derechos de reabastecimiento de combustible en toda Europa, acceso a puertos, aumento de la seguridad en torno a las instituciones internacionales en Bruselas, posicionamiento de aviones de vigilancia aliados en Estados Unidos para permitir que los estadounidense volaran a Oriente Medio, y muchas más medidas.
¿Un precio a pagar?
La OTAN se involucró en Afganistán para apoyar a Estados Unidos cuando invadió el país en 2002. Veinte años después, los europeos retiraron sus tropas junto con los estadounidenses en medio del caos, y dejaron al país en manos de los talibanes.
Hasta la fecha, nadie en la OTAN se atreve a criticar abiertamente la misión en Afganistán. Pero las repercusiones del fiasco siguen frescas en la memoria de los aliados, especialmente en los países que pagaron el precio definitivo, entre ellos Dinamarca.
El país escandinavo, cuyo territorio (en la crisis por Groenlandia) ahora está en el punto de mira de Donald Trump, fue el país que sufrió más bajas en relación con su población por su decisión de apoyar a Estados Unidos en Afganistán.
El entonces primer ministro danés, Lars Løkke Rasmussen, reprendió a Trump a puerta cerrada en la cumbre de la OTAN de 2018 cuando este le criticó por gastar menos del 2 % del PIB en defensa. Le recordó al presidente estadounidense el sacrificio de Dinamarca en Afganistán, según apunta el exsecretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, en sus memorias.
Stoltenberg escribió que Rasmussen «se negó a decir a las familias de los soldados fallecidos que su sacrificio no había servido de nada porque Dinamarca no había cumplido el objetivo del 2 %».
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(Editado por Euractiv.com y Fernando Heller/Euractiv.es)
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