Por qué Londres y París deben dar un paso más para disuadir a Moscú

Juraj Majcin es analista político en el European Policy Centre de Bruselas. Su trabajo se centra en la política europea y transatlántica de seguridad y defensa, la movilización de la industria europea de defensa y las dimensiones geopolíticas más amplias de la seguridad.

La reciente firma de la Declaración de Northwood por el Reino Unido y Francia supone un paso importante hacia una coordinación más estrecha de sus fuerzas nucleares. Por primera vez, Londres y París han afirmado conjuntamente que cualquier amenaza extrema -no sólo para sus propias naciones, sino para Europa en su conjunto- no quedaría sin respuesta.

Se trata de un poderoso mensaje de solidaridad y tranquilidad entre aliados. Pero llega cuando Rusia está intensificando su política nuclear, sobre todo al abandonar su moratoria autoimpuesta sobre los misiles nucleares de alcance intermedio.

En este contexto, Londres y París deben respaldar su compromiso con medidas concretas para afrontar la amenaza nuclear rusa, especialmente su creciente arsenal táctico cerca de las fronteras de la OTAN.

La guerra de Rusia contra Ucrania y sus amenazas abiertas de uso nuclear, incluso contra Estados no nucleares, han dejado claro que las armas nucleares siguen siendo fundamentales en el manual de intimidación y coerción del Kremlin. En este contexto, la Declaración de Northwood pretende que Moscú no tenga ninguna duda sobre la disposición del Reino Unido y Francia a utilizar sus arsenales nucleares para disuadir cualquier agresión contra Europa.

Pero a diferencia de Rusia, ambos mantienen doctrinas nucleares en gran medida estratégicas centradas en disuadir amenazas existenciales con armas de largo alcance y alto rendimiento, destinadas a ser utilizadas sólo en circunstancias extremas, excluyendo cualquier uso de armas nucleares en el campo de batalla.

Por el contrario, Rusia mantiene una postura nuclear más flexible, confiando también en las armas nucleares tácticas o de teatro de operaciones, ojivas de menor potencia diseñadas para un uso limitado en el campo de batalla con el fin de coaccionar, intimidar o intensificar los conflictos en sus propios términos.

En la práctica, si Rusia atacara a un aliado de la OTAN en el Flanco Este, podría optar por desplegar un arma nuclear táctica de bajo rendimiento contra un objetivo militar – como la brigada alemana estacionada en Lituania u otra unidad de Presencia Avanzada Reforzada (eFP).

El objetivo buscado por Rusia no sería la victoria militar, sino la parálisis política para disuadir una respuesta colectiva y forzar a la OTAN a dudar bajo la sombra de la amenaza nuclear.

En la zona gris entre la guerra convencional y el conflicto nuclear a gran escala, Rusia tiene opciones – la OTAN tiene muchas menos.

Estados Unidos sigue desplegando bombas de gravedad B61 en Europa y, al parecer, las ha devuelto al Reino Unido. Pero a pesar del proceso actual de modernización, esas armas están cada vez más anticuadas: se tienen que lanzar desde aviones que vuelan cerca de las zonas objetivo, lo que las hace muy vulnerables a las defensas aéreas avanzadas.

Rusia puede lanzar misiles nucleares de baja potencia desde el interior de su territorio. Mientras tanto, Francia y el Reino Unido dependen exclusivamente de fuerzas nucleares estratégicas, sistemas de alto rendimiento diseñados para disuadir amenazas existenciales amenazando con la destrucción de ciudades enteras.

Esas armas no están diseñadas para un uso limitado y, por tanto, no pueden disuadir de forma creíble las amenazas nucleares tácticas de Rusia.

Una solución para Europa puede consistir en mejorar su flexibilidad y posición avanzada. Como primer paso para conseguir este objetivo, Francia y el Reino Unido deberían realizar maniobras nucleares conjuntas en los que participen sus aliados de los flancos oriental y septentrional de la OTAN. París también debería crear infraestructuras de almacenamiento avanzado y apoyo para sus aviones con capacidad nuclear y misiles de crucero con ojivas nucleares en países aliados clave como Polonia o Suecia, junto con simulacros periódicos de despliegue.

Aunque Francia considera esos misiles estratégicos, su despliegue avanzado constituiría una señal proporcionada y creíble en respuesta a los despliegues nucleares tácticos rusos en Bielorrusia y Kaliningrado.

A largo plazo, el Reino Unido y Francia deberían emprender un esfuerzo conjunto para desarrollar sistemas nucleares móviles lanzados desde tierra con cabezas nucleares más pequeñas.

Esos sistemas dotarían a Europa de una capacidad de segundo ataque rápida y con capacidad de supervivencia para disuadir al arsenal táctico ruso.

El problema central es la asimetría. Mientras Rusia está preparada para un uso nuclear limitado para coaccionar y controlar la escalada, Francia y el Reino Unido mantienen doctrinas construidas para la disuasión a nivel existencial. Este desajuste deja a Europa expuesta.

La Declaración de Northwood es una señal política positiva, pero a menos que esté acompañada de una adaptación doctrinal y de capacidades creíbles, no bastará para convencer a Moscú de que Europa está realmente preparada.

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(Editado por Euractiv.com y Fernando Heller/Euractiv.es)

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